Caterpillar
Estábamos en un pueblo de montaña, lo recuerdo porque a través del parabrisas podía ver los picos nevados. Habíamos comido o íbamos en dirección a restaurante a comer. Viajábamos en una camioneta roja enorme, tipo Dodge Ram, de esas gigantescas. Lo curioso es que quien conducía era mamá, que ni siquiera tiene licencia ni nunca ha tenido, con su tamañito no creo que ni siquiera llegaría a los pedales, pero sí, era ella la que conducía. En un momento de atasco nos detuvimos justo detrás de un camión enorme, me recordaba a los volquetes mineros de Chuqui. Pero éste no llevaba material sino que cargaba un montón de de varillas de hierro, atadas en fajos, para la construcción pensé. Yo que iba en el asiento trasero podía ver como asomaban los extremos de las varillas por detrás del camión. De pronto una de ellas, como si la hubiesen cogido con la mano empezó a deslizarse de entre el atado, al principio no nos dimos cuenta pero luego pudimos ver como se acercaba a nosotros, lentamente, no podíamos movernos por el atasco, tampoco usamos el claxon para llamar la atención del camionero, solo vimos impávidos como la varilla de hierro se acercaba lentamente al parabrisas, lo perforaba y entraba en la camioneta, sin dañar a nadie. Me bajé indignado a encararme con el chófer del camión pero una vez estuve en frente de la puerta del conductor, el camión ya no era tan grande, parecía mas bien una camioneta, blanca, pero no tenia nada que la identificara, ni matrícula ni adhesivos de la empresa, ni ninguna señal que pudiera indicar a quien reclamarle, tampoco vi al camionero o conductor. Tampoco se explicaba cómo lo que desde el interior de nuestra camioneta parecía un camión muy alto, pero que en realidad era una camioneta más baja que la nuestra pudo deslizarse una varilla que perforó el parabrisas. Cuando bajé y viendo la camioneta blanca pensé que la varilla debería haberse movido desde abajo hacia arriba, pero cuando estábamos en el interior de la nuestra todos vimos que llegaba desde arriba hacia abajo. En la calle estaban los dos coches solos en medio del atasco, que no era atasco, lo único que seguía igual eran las montañas y el sol.


Mira de reojo
Quiero mirarte a los ojos y contarte las dos caras de mi moneda comunitaria, desde recoger colillas en las afueras de Carrefour hasta entrar en el mejor pub de la ciudad y ligarse a la chica más guapa. Quiero que sepas como el abandono se fue enrredando en la maleza de la autovía para dejar paso a algún destello de esperanza, o de como mis anhelos de ayer los veo hechos jirones colgando en una reja de 6 mts de altura. Quiero mirarte a los ojos y que entiendas todo sin decir palabra, quiero que me abraces muy fuerte, quiero que me digas que todo va a estar bien, que no hay nada que temer, que no soy un número más, quiero sentir tu calor, ese que perdí en mis bolsillos rotos en la época del árbol de la magia. Quiero tu abrigo de compañera y tus pequeñas mentiras, tus palabras susurradas en mi oído cuando todos duermen, sueño tus ganas y tu sudor bajo la lluvia austral en algún motel de carretera. No sabes como muerde la soledad, como lo impregna todo y va cerrando el mundo con un gris asfixiante. Por un tiempo vivió en otro barrio pero ahora somos compañeros de piso.Quiero que sepas mis ganas axhaustas de vivir, la carrera es difícil y larga y no tengo fuerzas de nada, necesito verte, oírte, respirarte y dormirme a tu lado. Hay tantas cosas que están cambiando; ya no camino por las noches las calles de esta ciudad extraña bajo las hojas oxidadas de tilos añejos, ya no vuelvo de la sesión golfa respirando ese aroma a leña quemada a las 3 am, ahora uso paraguas, ya no compro duraznos en almíbar para los amigos, ya no fumo a la luz de la luna ni me emborracho mirando las estrellas, los tejados están demasiado altos y los edificios no dejan ver le cielo. Tengo el alma fracturada y tu estás demasiado lejos como para que importe, ya no soy el mismo, vivo en un stand by indefinido, respiro por inercia y cuando todo se nubla estiro mi mano buscándote y no estás. Cuantas veces quisiera que pasaran esas cosas estúpidas y tontas a las que nunca les das la importancia que tienen, como encontrarme con algún compañero del colegio y hacer falasas promesas de quedar algún dia incierto para tomar un trago, o cruzarme con un vecino o con cualquiera que sepa de donde vengo, que sepa que no soy un extraño que habla sin pronunciar la "Z", que no soy un dato estadístico del INE, alguien que sepa que mis viejitos son gente de campo, sencillos como una gavilla, que se partieron el lomo para tener lo que tienen y que mi viejita es las más chora del mundo, que mi viejo tiene un sentido del humor que se lo quisiera cualquier humorista, que Edith es buena como el pan, que Andrés los tiene locos a todos y que Brenda aprendiño la música de Charly con mis discos. Todo eso y más pero... estás muy lejos.
Y no volví más
"Toda la noche en la calle
A Gina le duele la noche. La tristeza, la pena, el dolor, la amargura, la incertidumbre son sus compañeras cada noche a la hora de ir a dormir, y le brotan lágrimaes de hiel en la consigna donde esta guardada su maleta. Gina es rumana y cuando me ve mirándola en un intento de hacerle mas llevadera la vida me dice: "la noche no bueno para mí". No hay luna llena, ni romántica cena a las luz de las velas, no hay reunión de amigos, ni marcha hasta la madrugada porque la noche le recuerda a Gina ojos de cielo que sus hijos duermen bajo otras estrellas, que mil puertas se cierran y que la ventana está muy alta y muy lejos como para que importe si está abierta; la noche le trae a la memoria 15 años de vida con un esposo alcohólico y ahora le duele una cama individual y se angustia de soñar un imposible. "No puedo evitar", es lo último que dice y yo en vano trato de levantarle el ánimo con la promesa de una foto. Y así cada noche.